Poder gozar del cielo, el mar y la tierra en un instante. Salir del camino marcado y descubrir otros mundos y paisajes nuevos. Ir, venir, andar, volver a correr y mancharnos sin pesares ni penas, sin castigos ni riñas.
Descalzarme en la charca amarilla, hundir los pies en cualquier lodazal apestoso, llenarnos las rodillas de barro, retozar como críos inocentes y beber de la existencia sus sorbos lentos
Pisar la luz, oscurecer la locura de un abrazo y renacer en la noche mas clara. Confundirme, desdoblarme y respirar profundo cuando Dandy persigue a un pobre conejo en los zarzales.
No existen imposibles en nuestras mañanas ebrias de color y vida.
Andan fogosos, con total silencio, quieren romper la calma de los arboles secos y las enjutas semillas calientes. Tecla en el centro, muy seria, Dandy delante, enredando mis piernas. Vamos a despertar una orquesta de pequeños insectos que buscan la sombra, escondidos en el follaje denso de un verano de frente sudorosa y cintura de fuego.
Dejemos que arda el recuerdo bajo el llanto débil del infierno, mientras las ramas rotas se estremecen con los sueños.
Pisemos la hierba labrando la imagen dramática de la lucha que somos, del día a día, de la vida quieta, de las sombras que cruzan el vértigo, de los pétalos que germinaron, que fueron hijos y hoy reposan en los ovarios oscuros de la tierra.
Debemos deslizarnos y crecer y vacilar apenas sin saberlo. Debemos desgreñarnos y cansarnos por las veredas de dolores anchos, propios, ajenos, tristes y sedientos, hasta llegar al pecho del rocío, del agua colérica, de la piedra repetida, de la árida puerta que tal vez espera.
Pasó el verano y con su muerte, luce una luz violenta en el cielo, huele a lluvia, a frescura reciente, a castañas salvajes, a bronce amarillo, a cobre rojizo, a racimos verdes. Ycambia el universo sin buscarse, y el mundo se sumerge en aromas púrpura y ocres intensos, y todos nos recogemos en las paredes de casa, en los muros quebrados de nuestros huesos.
Atados a las calles estrechas del olvido, sus cuerpos tibios me parecen vigorosas banderas cargadas de esperanza nueva.
Llega la
primavera con sus senos cargados de lluvia y esperanza. La aridez de la tierra se
transforma en ruidoso traje de todos los colores existentes.
De un golpe
de cadera abre las semillas enterradas y despierta las flores del largo letargo, dándoles un cuerpo sinuoso y exultante.
Desembarca
con un ejército desordenado y en las grietas de las piedras grises dibuja su
rostro delicado. Trae sabor a vida, a dicha, a menta, a hierba luisa, a
citronela…
Se extiende
perezosa y sigue andando hasta que cruje el maíz maduro y las espigas se nutren
de recuerdos.
Hace caer
los muros y abre puertas, ventanas y balcones, para que saluden jacintos y lavandas, lirios y azucenas, rosas y tulipanes, petunias, delias,
claveles, campanillas y otras tantas flores, grandes o pequeñas cuyos nombres
desconozco.
Se levanta abundante llenando de nuevo los
caminos salvajes. Y acecha en la frente como un rayo.
En su mirada,
enredados en sus manos largas, andamos con nuestras cicatrices bien sujetas. Me
estiro boca arriba, cierro los ojos y dejo que mis huesos reposen sobre su
largo flequillo verde.
Mientras ella
me mece como a un recién nacido, llegan
los perros cansados, jadeando, cubiertos de polvo y semillas pegadas a su manto,
desgreñados y locos de alegría. Vienen de cazar fragancias, aromas, fuegos y
enemigos de arcilla. Bendita primavera generosa!!!! Bienvenida seas!!!.
Son cerca de cuatro meses pisando arenas pardas y crujientes hojas derramadas en el barro de las acequias secas. Aquí el azul es mas salvaje y las olas vagabundas y encendidas. Es un mar exuberante de grandes pezones generosos. Los perros los recorren cada día multitud de veces mientras se deslizan por el vientre de un agosto orgulloso, arrogante y excesivo.
En tierra, en la montaña, en la intemperie, se encuentran múltiples senderos solitarios, vestidos de tímidas flores apagadas, amarillas, ocre, palidas y escarlata, agonizando, luchando por el agua que no alcanza. El calor cae en cascada, acechando, deseando enredarnos en sus garras.
Tecla y Dandy rastrean los pinares, escarban incansables buscando en la humedad escondida una sombra fresca y un soplo de viento amigo.
Todo mi equipaje en la cartera, todo el dolor acumulado, todo el remordimiento y el silencio de la ausencia está también presente en esta nueva casa, corre por las paredes, asoma en las ventanas, suena inclemente en el espacio, en las horas que abren los relojes y dentro del sueño recogido. Por mucho que me aleje, por mas distancia que recorra, por mas que camine, yo traigo en mi bolsillo, junto al pecho, el desgarro oscuro y espacioso que causa mi hija muerta.
Hemos ido a vivir entre apretadas flores de tallo verde y pétalos
silvestres, matorrales espesos, fragantes pinos
torcidos al viento, robles y encinas y terrones azules de mar y de cielo.
Suena la campana de la iglesia y un gallo rompe la línea del
silencio. Derraman, en el paisaje, los pájaros su trino formando un coro enmarañado entre la
piedra estática y la quietud matutina.
Tecla recorre la montaña como un puñado de tierra, huele,
vigila, descubre los latidos de esta vida
menuda que pasa entre la hierba y Dandy persigue pajaritos que le retan
al vuelo. Se va, desaparece en los zarzales y regresa engalanado de barro, de rocío y de pradera. Avanza de nuevo coronado de incontables pinchos y hojarasca y algún arañazo en su vestido regio. La lengua resbala hacia fuera y jadea, babea y brilla al mismo tiempo. Hay en sus ojos una felicidad indecible mientras su cola gira
como una vela en tormenta.
Debimos haber marchado hace ya tiempo. La ciudad, la grave pesadilla de paredes sombrías, la masa intranquila de rejas cortantes, movimiento intermitente que galopa entre grises nocturnos y amargos rechazos, de largos vacíos y erguidos rumores. La gran Barcelona que jamas se detiene pero tiene frío y tose y enferma y tiene fiebre y duele y quema y arde y mata sin ni un suspiro de pena. Esta urbe mía, a la que a veces amo y otras he maldito, nos llenó de hartazgo, nos quedó pequeña.
Los gatos, de momento, se quedan al cuidado de mi hijo, en su castillo sagrado, su
fortaleza augusta, porque para ellos no hay más universo que esa morada antigua.
Llevamos mas de un año prisionero del asfalto. Necesitamos
levantar la ciudad y extendernos por el verde, errar bajo los pinos, hundir los
pies descalzos en la tierra, trepar por el aire, llenarnos de raíces y resina, oler las flores diminutas al lado del camino, estas
flores sin nombre ni apellido.
Formamos una caravana de dos coches y trece individuos:
cuatro mujeres, nueve perros, de todas las edades, status y colores. Desde los
mas ancianos, los conquistadores, la gruñona, la hembra lesionada, hasta el bombón
azabache de un par de meses.
Andamos en ascendente, acariciando los árboles
heridos, oliendo los pétalos perdidos, enhebrando los hilos del follaje. Olmos, encinas, nogales, lianas enredadas. En cada recodo que cruzamos. buscamos las huellas transparentes, explorando el suelo y sus tesoros.
En sus hazañas una de las perras se ha vestido de estiércol,
su manto apesta, por una vez no ha sido la prodigiosa Tecla. Otros arrastran ramas caidas, gigantes como vigas de madera, sus rabos en alto, despiertos,se reparten por todas las esquinas de la tumultuosa maleza, se sumergen en la fuente del presente, abiertos a lo nuevo, jadean, acechan, levantan la alfombra verde y sacan de su hogar a abundantes insectos. No quieren mas, están felices y contentos con el paseo.
Todo, absolutamente todo alrededor rezuma vida, paisaje, arboles, colinas, infinito. Briznas de hierba retoñan entre las grietas de las piedras grises. Yo busco a mi hija muerta, aquí, en el rostro hermoso de la tierra, nace el delirio ancestral de volver a verla, de tanto que pude decirle y no le dije, de tantos abrazos que quedaron pendientes. Viene conmigo la tristeza, me acompaña siempre, mi segunda casa es la ausencia.
Xaloc anda a mi lado, pegado a mi rodilla, levanta su hocico y roza mi mano con dulzura. Desde lejos Sólid que va y viene, cierra el paso y se golpea en mis piernas, su mirada ancha y sincera reconoce mi ánimo abatido. Sonrío cuando Tecla aparece de en medio de la nada, se acerca trotando y hunde su cuerpo entre mis dedos. Incluso los demás perros parecen alerta. Es incuestionable el poder terapéutico que ejercen.
La primavera nos mece en sus brazos. Llena con su voz la luz del cielo. A cada paso sobreviene su fuerza poderosa, nos recorre, nos invade, nos besa en sus labios tiernos.
Hambrientos, cansados, sedientos, sudorosos, palpitantes de
gozo, llegamos a la cima. Ha sido duro pero vencemos.
Galopa el alba por el horizonte y una llama de luz toca el paisaje oscuro. No puede esperar la niebla ni un segundo para derramarse entera en nuestro espacio. Luego viene la ventisca vestida de silbidos infernales y cruza el cielo con impetuosas rachas y sin darse tregua, el sol resurge de entre la espesa maraña blanca.
Acude el mediodía a rescatarnos del mal trago. Se ha calmado la tierra enlutada y el frío, ahora, nos muerde más despacio.
Pinos, robles, encinas, rocas y fragancias se despliegan y extienden innumerables veces por nuestro costado.
Tanto invierno, tanta belleza ahogada en la agonía, tanto miedo en mi garganta.
Pasamos el día errando, buscando el camino perdido, sin encontrarlo. Andamos, corremos, nos apoyamos, se crecen para darme ánimo, pero es en vano.
Ellos en cambio no sienten la espesura, se jactan de ir a mi lado, si van conmigo no puede ocurrir nada malo. Con esta actitud provocan el milagro. Un minúsculo riachuelo de barro nos integra en sus faldas.
Dan las tantas de la madrugada cuando entramos en casa. Los gatos esperan, impacientes, y perciben lo muy cansados que estamos. Si, muy cansados.