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domingo, 17 de noviembre de 2013

FRIO



Forma el mar una azucena blanca. Entramos en su cáliz con los pies descalzos, cayendo desmandados en las olas. Sus pétalos errantes golpean nuestro pecho.

Huele a invierno, a cielo matutino.

Tecla galopa salpicando luz y arena.
 Sólid, Xaloc y yo  dejamos que el agua nos anegue.

Es un momento en que la paz nos mece y la vida no duele ni se inquieta.

Ando hasta la orilla y me sumerjo en el  espacio duro,  gélido y cerrado del pasado. Allí busco a mi hija, a mis padres, a mi hermano, aquella familia que una vez fuimos y ahora se enreda entre mis dedos como harapos. De aquello queda el perfume, la abundancia y una casa vacía y desgarrada.

Pero llegan los perros trotando, húmedos, calados, indomables. Se congregan a mi lado, me inundan, me inspeccionan y lamen, glotones, mis tinieblas. Se sacuden, se secan en mi vestido y  sin malicia alguna, levantan una gaviota rezagada.
Les hablo y en cada silaba brota la esperanza del ahora. Hundo caricias en sus mantos y nacen primaveras de mis manos.
Ya está la vida dispuesta a latir conmigo, se extiende como una alfombra generosa y fragante.

Pasó el momento del espanto, tomo aire y respiro porque en nuestro hogar, el día a día es un espacio sereno y transparente. 


















jueves, 13 de septiembre de 2012

NOCHE DE LLUVIA



No tenemos sueño ni ganas de acostarnos, hay en casa unos racimos tristes, una tortura presente, una congoja, un silencio intocable un invisible desnudo, un sobrecogedor roto, un quebranto enredado, un desvario que cubre las paredes, el techo, el suelo, el aire, las ventanas. Sube como la hiedra, se construye en secreta estructura y nos empuja hacia las calles sin puertas.


En el abandono de una noche mojada, azotan los relámpagos sus lanzas afiladas, se desgarra el cielo en sangre y viento firme. Rodamos por el parque, envueltos entre una tierra  sedienta y una oscuridad que brota de la nada.
Cruje el alba enrarecida, lucha y desembarca en una
mañana clara que aísla la lluvia, la esconde y recoge en pequeñas gotas de rocío. La hierba, antes desamparada, es ahora luz tierna, verde en barro, delicia pura, desbordando vida.


Podríamos quedarnos hasta el infinito, andando, segando el fin del tiempo, pero Solid y Xaloc padecen de los huesos, yo misma sufro artrosis, los años han ganado territorio y nos nos conviene esta ventisca dulce, ni este florecer  en  agua. Y están los gatos aguardando en la casa helada, solos, esperando los ladridos amigos, acechando desde el fondo de la cristalera, apretando la noche, vigilando su minúsculo imperio.
No hay  razón mas convincente para deshacer nuestros pasos, correr ciudad y agua, pisar el aire, segregarlo, avanzar, extender, deslizarnos con el pelaje salpicado de esperanza hacia el mas tarde.













domingo, 5 de agosto de 2012

EL SECRETO

Conozco bien la voz del duelo desnudo en la cabeza, es el camino de un astro roto en la espesura de la ausencia reciente. El mundo pasa escupiendo lluvia en mi garganta, me ahoga la nostalgia de no tenerla conmigo, el pasado sonríe despiadado y estalla en el presente. Esta misma lluvia arrastrará la pena, porque cada gota se reparte y agranda en un mar profundo que respira vida.

Mi hija, mi pequeña, viene a visitarme. Algunas veces susurra mi nombre, me abraza en un abrazo invisible y paseamos. De un suspiro siembra en mi mano ternura y fortaleza.  Se que siempre se estará conmigo.

Los perros de casa lo saben, conocen el secreto que brilla en sus ojos y esperan agitados esta lluvia que la trae de vuelta, navegando, extensa, por el salón del cielo purpura. 
Los gatos, descubren lo oculto, abren la sombra serena y delicada de mi hija que huele a mar y a rocío.
Nos recogemos, sigilosos a la espera de su aparición muda y llega a mis sentidos repartiendo luz, risueña, colmada de alegría.

Nadie debería sobrevivir a un hijo


.

















lunes, 23 de agosto de 2010

AGOSTO 2010

Hemos pasado las vacaciones juntos, alrededor de los peores días. Enfermaron los perros. Espesos temores. Despiadados diagnósticos...
sus pasos abandonados, las colas en declive. Mi pueblo se hunde, mi colmena se derrumba entre las ruinas de las casas vacías, es triste verlos apagados.
He sentido desventura, dolor oprimido entre los dientes, soledad y miedo brotando de la angustia.

Pero al fin enarbolamos una traca de alegria labrada de maullidos traviesos y carreras por los pasillos.

Ya pasó; Solid curó su patita, un papiloma molesto se pegó en su carne y hubo que extirparlo. Se arrancó los cuatro puntos en una fogosa sentada nocturna, no le gustaban en su manto oscuro.

Xaloc nació de una catástrofe, sus genes enfermos le pasan factura.

Pero aquí estamos, jugando a acecharnos con los gatos, rascando hocicos a pares, recibiendo abundantes muestras de incondicional cariño.

Y esta la vida ofreciendonos sus ubres abundantes, generosa y simple, multiplicada en este nido humilde.

Y esta la vida contagiosa, vestida de jazmines, de pétalos, de diminutas semillas, de frutos deslumbrantes, de instantes dulces y envolventes.

Nacemos, renacemos de esta tempestad furiosa decididos a andar de frente, respiramos luz celeste y agregamos vida a nuestra vida.
Solo quien los ama, quien les comprende, quien convive e interactua con ellos, es capaz de entender como me siento.

Hay un sabor de noche en mi garganta mientras ellos descansan satisfechos, tirados en el suelo fresco.










VERANO 2010

Este ha sido un verano dividido. Se inició con un sol escandaloso, un transparente circulo de azules, unos deseos de pisar tierra y fronteras, pero un remoto mensajero del espanto quebró nuestras expectativas; de nuevo, con firmeza, la catástrofe se cebó en el vientre de Xaloc, sacudió y dominó su nombre hasta doblegar su cintura.


De repente, como un bandido enmascarado, se inició el combate por su vida. Ingresado en una sala oscura, con cables peligrosos, radiografías y un lento gotero que en cada gota repetida, como fragante rocío, amanecía la vida. De este modo, a pequeños galopes, agua y tiempo hidrataron su cuerpo.

Descanso, este será un agosto relajado, cortaremos el espacio en breves paseos nocturnos en brazos de una ternura mansa.
ARENA EN LAS SANDALIAS




miércoles, 14 de abril de 2010

COSAS DE FAMILIA



Mi hermano mayor regresaba a nuestra pequeña patria después de un largo periplo por tierras extrañas. Gastó parte de sus ahorros en una masía abandonada y con tenacidad indómita, la convirtió en un hogar acogedor y agradable con ese calor que derraman las casas rurales. Con sus buenas artes convirtió la acequia en una piscina esplendida que servia para, regadío y baño. Plantó un huerto frente a las cochineras y estas se transformaron en garaje. Alrededor de la casa, abrazándola como un aro, tejió una red interminable de árboles frutales. Y unos macetones enormes en forma de ánforas lucían floridos en el porche de la entrada.
Adoptó un perro de pastor y dos gatos, todos eran cachorros y la buena convivencia entre ellos estaba garantizada.
Después de su agotador trabajo dio la masada por terminada, hizo una llamada a su compañera y madre de su hija y nos invitó a todos a celebrar su llegada. Nosotros, su familia de origen, no conocíamos más que en foto a Diana, su pequeña de apenas tres años, en cuanto a su esposa habíamos cruzado alguna palabra por teléfono, en nuestro inglés anárquico. Ella, en nuestro idioma, solo sabía decir gracias en un tono muy cortés, pero imposible para entablar un diálogo.
El encuentro iba a durar de un jueves festivo al domingo siguiente, porque todos teníamos el puente del viernes y madre ya estaba jubilada. Luego seria un milagro volver a reunirnos de nuevo porque todos teníamos obligaciones en nuestros respectivos hogares.
Desde muy niños, perros y gatos nos regalaron su incondicional compañía, jamás les consideramos mascotas sino nuestros mejores amigos que compartieron nuestros juegos igual que chiquillos. Todos, incluida madre teníamos como mínimo un perro o un gato y todos, incluida mi madre nos los llevamos con nosotros a pasar el largo fin de semana.
La más temprana en llegar fue madre con su inseparable teckel, una hembra gorda, satisfecha con su vida sedentaria y consentida al máximo. De resultas de este mimo excesivo era antipática i grosera con sus congéneres a los que consideraba unos ordinarios sin clase. Sin contar a madre, a la que veneraba, atacaba al resto de los humanos y andaba con unos humos exagerados que carecían de base viéndola andar torpemente a causa de sus grasas. Paticorta y fondona mas bien parecía un reptil que un cánido.
Nosotros llegamos tarde. Sin conocer el camino tomamos un atajo, nos perdimos por vías secundarios y fuimos a parar a las quimbambas. Era noche bien entrada cuando descargábamos. En la casa estaban todos acostados.

Por aquel entonces tenía yo dos boxer muy jóvenes, Rom, garrulo, adorable y breve y Hera, coqueta, despierta, cegadora, festiva y juguetona, mi buena amiga. Para no atormentarme con su marcha y mi luto absoluto por su ausencia, siguió con fuerza oscilante luchando por la vida.
En el transportín venia mi bella Yentha, una jovencita siamesa de pocos años, de naturaleza sosegada, con unos ojos azules tan penetrantes que reflejaba en su mirada todas las corrientes del mediterráneo. Paciente con los críos, sufrida con los cachorros. A Yentha la soledad la quebraba y jamás consintió estar sola, dormía en mi cama y sesteaba en la cocina, siempre buscó mi compañía. Enfurruñado, enojado por la tardanza, nos recibió el anfitrión en pijama, y aunque nos disculpamos y contamos nuestra hazaña comentó que éramos los de siempre; una panda de impresentables. Unas paces inmediatas nos alentaron a seguir levantados y charlamos, charlamos hasta las tantas. Frente a un fuego chispeante, con los perros enroscados a nuestros pies y Yentha en la repisa de la ventana, nos encontró la madrugada.

Viernes: Amaneció tan despejado y claro que madre tubo la tentación de estrenar la piscina y darse un baño rápido, dicho y hecho, se metió en el agua. Su teckel, que era hembra de secano, ladró asustada, con ese ladrido agudo que revienta los tímpanos y ataca al más templado de los humanos. Salimos a tropel, desbocados, creyendo que el fin de mundo había llegado, y allí, cortándonos el paso, aquella perra obesa me hincó los dientes en la pantorrilla. Quise esquivarla, pero la hierba estaba tupida de rocío y resbalé con tan poca gracia que fui dando bandazos, con la locuela enganchada, hasta caer de bruces en la piscina, arrastrando a la torpe villana en mi caída. Pensé que me ahogaba, lo juro, era la primera vez que nadaba vestida y con zapatos, saltaron en mi rescate los hombres de la casa, mientras que madre chillaba desfallecida que su perrita no sobreviviría a tanto espanto. Se montó tal escándalo que los perros alborozados y sintiéndose participes en aquel nuevo juego la emprendieron a ladridos contra la gordita que, recién salida del agua, jadeaba.
Miel, gruñía empapaba, pero estaba asustada y madre la cogió en brazos mientras apartaba a los demás con la toalla. Los cachorros debieron de pensar que era otro juego aún mas divertido que el de antes y se lanzaron como dardos sobre mi pobre madre que quedo enterrada bajo un ejército de perros emocionados que repartían a la vez, ladridos, lametones y babas.
Cuando por fin liberamos a madre, llevaba el bañador en las nalgas, el pelo embarrado y sus canas impecablemente blancas habían adquirido un tono verde campo. En la puerta de la entrada, limpia, bien peinada, con un gesto de terror en la cara, estaba la mujer de mi hermano, Marion, con su nenita en brazos. Uno a uno, sucios, desgreñados, cubiertos de vergüenza, untados de barro, calados y dolidos, nos fuimos presentando. Antón comentó con sorna que estábamos impresentables.


Sábado: Contados en la nueva casa reunimos cinco perros y seis gatos orondos, a los que tratamos con tanto cariño y velamos con tanto celo y ahínco que no fuimos capaces de dejar al cuidado de otras manos.
Se tomaron medidas drásticas en lo concerniente a los animales. Decidieron que al igual que habían dispuesto a los gatos en una ancha galería privada que bajaba al huerto y daba a un confortable granero lleno de balas de paja, doña Miel ocuparía la habitación de madre y para cuando hubiera que pasearla alejaríamos a la manada de bandidos hacia otra parte. Discutí por Yentha argumentando que al no temer a los perros y andar siempre por los lugares mas altos debía tener total libertad para desplazarse, porque jamás se escapaba de mi lado, como mucho dos palmos que ya le parecían demasiado. Aceptaron a regañadientes, pero aceptaron.
Madre estaba y no estaba. De una parte quería compartir con nosotros ¡hacia tantos años que no tenía reunida a su camada! Pero le pesaba tener encerrada a su chiquita malcriada. Todo iba bien, parecía que el catastrófico descalabro del día anterior se desvanecía a cada paso, incluso la mujer de mi hermano estaba radiante, sonreía, serena y agradable aunque no entendiera palabra. Los niños jugaban felices, sus risas nos llegaban como frescas bocanadas de aire claro. Estábamos en una sobremesa larga, la sala olía a café humeante. Hablábamos distendidos hasta que sus voces se fueron alejando, cada vez mas lejos, volando, camino del horizonte largo, alejando, muy despacio, y me quedé callada, y rodé con Morfeo hacia la orilla de las playas ausentes, profundamente dormida.
El despertar fue un drama.
Madre no pudo resistir mas y se fue al lado de su chicuela, está, poco acostumbrada a sentirse abandonada, salió ladrando, rauda como un cohete, escaleras abajo. En aquel momento mis hermanos estaban en el huerto donde vagaban los gatos y la muy lerda, creyéndose liberada, se metió corriendo por la puerta entreabierta de la galería. Allí, furibundos, se encontró cara a cara con una comunidad de gatos beligerantes. Poco amantes del intrusismo se lanzaron a la carga, bufaron, arañaron, se arquearon, erizaron sus lomos y atacaron, saltaron por encima de la perrita agazapada, y huyeron, hasta perderse en el paisaje.
La trufa de Miel parecía un fresón apuñalado, temblaba en ataque de pánico y no permitió que nadie, ni siquiera madre se acercara, estaba confundida, herida y humillada. Gemía y se lamía desesperada, nos enseñaba los dientes y gruñía si dábamos un solo paso. Le tiré una toalla y la tomé en brazos, ¡total ya había probado sus bocados! pero no hizo señal de enojarse, al contrario, creo que por primera vez en su vida aceptó mis brazos sin botarme. Unos rasguñitos de nada, poco profundos, una buena dosis de mimos, una friega con yodo y ¡andando! Madre llevaba una buena brecha en la mano, al intentar alzar a la gordita en el fragor de la batalla, uno de los gatos le había clavado un zarpazo. Las próximas tres horas las dedicamos a la búsqueda extenuante de felinos. Sería duro cazarlos si caía el crepúsculo. En el ángulo de uno de los corrales exteriores de la masada, recogida en un montón de hojas a modo de cama, divisé una larga cabellera apelmazada vestida de un blanco nacarado, una carita chata con unos preciosos ojos ámbar me saludo en el acto. Grandota, redonda y majestuosa, lucia por orejas un racimo de penachos, demasiado elegantes para ser de campo. La recogí, sin resistencia alguna de su parte, feliz de huir de las sombras porque la noche empezaba a comerse la luz de la tarde. Pero aquella escultural criatura no era de nadie. Debían de haberla abandonado o se había perdido y el olor a comida y las voces la atrajeron hacia la casa, porque era placida y doméstica como no suelen ser los gatos salvajes. Pensé que era mi justo regalo por haber aguantado tanto descalabro. Regocijada y decidida a quedármela, la bauticé con el nombre de una de mis ex cuñadas, Debra la más guapa, la tuve en mis rodillas mientras los demás acechaban gatos. Lleve a una de las habitaciones libres a mi recién adoptaba sin decir nada a nadie y la dejé allí para que se relajara. La cara de enfado de Yentha, era evidente. Volví al rescate de los fugados.
Marion por detrás de los cristales de la ventana, con su niña en brazos y los perros jadeando, intentaba localizarnos, con un gesto de terror en el rostro que empezaba a frecuentarnos.
Sobre las diez de la noche estábamos todos recogidos, gatos y gente. Cenamos en un silencio tenso. Agotados por los acontecimientos fuimos desfilando hacía nuestros aposentos.
Pude oír desde la puerta el comentario de mi hermano, dirigido en general a todos. – ¡Que banda de impresentables !

Domingo: Me desperecé al mediodía. Prometí que este día iba a ser tranquilo. Cuando bajé al porche, con Yentha encaramada en mi hombro, encontré a todo el clan reunido. Los niños jugaban con los perros al pie de los encinares ¡Se entendían de maravilla! Repapados en confortables hamacas, mis hermanos bebían cerveza, en tanto que madre y Marion fisgoneaban una revista de chismes. Era todo tan bucólico que parecía  imposible.
Media hora más tarde, madre trajo a Miel para yodar su trufa lacerada. Pidió nuestra ayuda con tanto empeño que la quisquillosa perra se agitó rabiosa, ladró con enfado y se abalanzó sobre Yentha que dio un respingo asustado e inició un salto perfecto, y en el aire, con precisión de atleta, torció su cintura ágil y desarrolló una sucesión de volteretas esplendidas, y sin apenas perder altura, trepó hasta la hermosa cabellera de Marion.
Una melena lacia, peinada y sin enredos, no es la mejor superficie para el equilibrio, por eso, y no hay que darle mas vueltas, la gatita sacó las uñas y con la voluntad férrea de no caerse, las hundió en la cogotera de mi cuñada, sorprendida, con un familiar gesto de terror en la cara, vencida y desgarrada.
Con estupor creciente vimos como corría la sangre por su cara, formando riachuelos rojos desde la frente, que se desbordaban, descendían hacia el mentón y en catarata suave, caían al suelo.
No se quien sacó a la superviviente de la sala, ni quien empujó a Yentha a la habitación de la nueva gata, ni quien de las dos inicio la carga, ni quien soltó a la perra, ni de que lado llegaron los canes, ni quien, exasperado, fue el culpable de soltar un puntapié a madre.
La voz de madre, como un trueno, dolía en las entrañas. Sus gritos azotaban, su enfado me dio en medio de la boca. Sus palabras quemaban rayos. Sentí frío en los dientes, por eso, dándome prisa, me despedí de todos.
Apoyada en la puerta de la entrada, quieta, sonriente, sacudiendo su mano alzado como un pañuelo al viento, despidiéndonos, con su pequeña pegada a ella, estaba Marion. Reclinado en sus hombros esbeltos, Antón gritó con voz encendida, marcando las silabas
– ¡Mujer impresentable vuelve cualquier día! Y esbozó un gesto de abrazo ancho que crecía. Desde el asiento del coche le mandé un beso. Soltó una carcajada y supe que nos queríamos.
Emprendimos el viaje de salida.






lunes, 13 de abril de 2009

NUESTRO HOGAR


El nuestro es un hogar cálido, con esta calidez que extienden los animales por toda la geografia..En el espeso norte, nace la nieve y palpita el aire, Nabat está sentado en lo alto de la montaña al refugio de la ventana de vidrios opacos, espera a que anochezca para ver a través de la luna todos los sucesos de la calle tronchada por las obras que no acaban. A su lado, hacia el este, mirándole con amor de diosa, Bimba esta corriendo encima de las horas que pasan, Bimba es un bosque misterioso, es una cueva protegida en la maleza espesa. Del otro continente, al sur templado, con ojos matutinos llegan las primaveras estiradas como columnas de pétalos, de allí viene Tarot, dormitando en los jardines reales de su hermano. Màgic es un castillo abierto, es el oeste envuelto en la meseta dorada, es el vestido del domingo, la campana que marca y organiza la partida de cartas. Los perros son las costas, Xaloc lleva las algas a los puestos fronterizos, Xaloc es un traje de olas, es el nexo del aire con el agua, es la arena de los mares. Hera es el puerto donde descansan las aves, es el yodo en las llagas. Hera es el perfil de barco que atraca en el mediodía claro, es el destino del tiempo. Solid es la playa que circunda la casa, es el salitre, el que todo lo abarca, el torbellino, la ventisca que todo lo atrapa, empieza en el norte, cabalga en el este, descansa en el sur y se mece en el oeste.Cada mañana cruzamos cordilleras.


UN DIA COMO CUALQUIER OTRO